En ocasiones se escuchan algunos argumentos en defensa del estado y la gobernanza. Quería hacer unas breves reflexiones sobre algunos de estos.Quizá de todos, el que mejor refleja nuestros más profundos miedos al cambio, no importa si a mejor o a peor, simplemente al cambio, sería que sin leyes o sin gobernanza, el mundo viviría sumido en el caos y la anarquía, como si eso fuese una novedad, un cambio o algo peor que el estado de sometimiento en el que se encuentra la humanidad por parte del poder concentrado en una panda de psicópatas que juegan a la ruleta rusa con los recursos que poseen como si no hubiera mañana. En realidad si la ley desapareciera y con ello la gobernanza, desaparecería la propiedad privada ya que este estado de desequilibrio en el reparto del poder que sufre la humanidad y por ende el planeta entero se basa en la idea de que es totalmente normal e incluso deseable, que unas pocas manos posean la mayor parte de la tierra -los recursos-, que no hagan con ella nada más que especular o explotarla -¿por qué se le llamará “explotación” agrícola?-, mientras que la gran mayoría no pueden acceder a esa tierra, “propiedad” de alguno pero que no usa, para poder sobrevivir, simplemente para subsistir sin tener que migrar a la ciudad donde la explotación (de nuevo “explotación”) humana (ya que en la ciudad no hay más recursos que los “recursos humanos”) es la principal explotación capitalista y una de las más rentables en los últimos tiempos.
Así que tener miedo a la redistribución de la riqueza aplicada por la sociedad -seguramente no de forma pacífica. Aunque sería deseable trabajar para que no sucediese así-, en caso de que realmente tomásemos el poder, es defender y repetir los miedos de quienes ostentan el poder a fuerza de ese concepto contra natura, que sólo en la pervertible y manipulable mente humana puede caber llamado “propiedad privada”. ¿En qué mente cabe esta idea loca? ¿Cómo hemos llegado a confundir la anulación de la propiedad privada, es decir, la abolición de la propiedad privada sobre los recursos del planeta -medios de producción- necesarios para nuestra supervivencia que ahora mismo se encuentran concentrados en menos del 5% de los habitantes humanos del planeta y en su lugar hayamos esparcido el miedo de que si ese momento llegara, te quitarían la casa y todo lo que posees? ¡Pues claro que sucedería eso! Pero solo al 5% del planeta que son los que lo poseen todo, no al 95% restante que son los parias que en última instancia, aunque sea poco, termina trabajando en algún momento para mantener a esa casta que domina nuestras mentes para que no despertemos y cumplamos su profecía.
Otro argumento sería preguntarse quién iba a construir las carreteras. Como si antes del capitalismo la gente andando o con carreta no hubiese sido capaz de dibujar sus caminos. Como si las autopistas se construyeran para que puedan salir los parias de vacaciones con su flamante auto y disfrutar de 20 días al año de algo que no sea trabajo día tras día durante los restantes 220 días ¡¡¡Ni un 10% de días al año!!! ¿En serio nos creemos ese cuento del capitalismo?
Las autopistas se construyen en primera instancia para expoliar los recursos del planeta. Y si en el territorio que habitamos existen muchas de estas arterias, es porque somos ricas en recursos. Tenemos minería, agricultura, gastronomía, cultura,… pero sobre todo, concretamente en España, por poner el ejemplo más cercano, lo que hay es sol. Por eso Alemania, a través de su industria pesada financiera -dícese los bancos-, la industria más rentable del momento, financió durante años las casas donde pasarán su jubilación. No era que se construyeran casas porque había un babyboom, no. Los bancos crearon de la nada los capitales que convirtió en casas por arte de magia negra. Una magia que nos tiene embobadas y no nos dejar preguntarnos nada. Estamos enganchadas a los medios más de lo que lo hayamos estado jamás. Lo de la televisión palidece al lado del control que ejerce internet sobre nuestros cerebros a base de repetición (“Peace is war”).
Los hipnóticos scratches de DJ Shadow en vivo dan para un poco más de mordacidad. Si podemos disfrutar de las arterias con las que el cáncer del capitalismo se alimenta de los recursos del planeta – supongo que en el futuro también de otros- es porque el arte de esta magia consiste en mantenernos distraídas en el parque de atracciones mundial en el que el turismo ha convertido a los lugares ricos en recursos -naturales- gracias a esa construcción llamada “sistema de carreteras”. Un sistema originalmente construido para la extracción de recursos que ahora sirve también para el libre movimiento de las habitantes ricas de la zona Euro (alemanas, holandesas, inglesas, francesas, …) dentro de nuestro espacio por donde cada vez más se instalan y disfrutan de todos esos recursos, cómodamente desde sus preciosas casas compradas a precios ridículos para sus economías.
No puede faltar tampoco la defensa al sistema educativo. La obligación de que todas formemos a nuestras hijas con una formación “reglada” que sirva para sostener el sistema sin que cambie más que estéticamente. Esas mismas madres que a los 6 meses (como mucho) de dar a luz, no les queda más remedio que “depositar” a sus hijas en una institución que las “forme”. Que las haga “formar” fila. Que las enseñe el reinado de la ley y la defensa de la propiedad privada. Que valore el esfuerzo individual muy por encima del cooperativo, el que se da en el recreo que resulta ser de nuevo un 10% del tiempo que pasan en el colegio. Esas mismas madres que denuncian la explotación infantil que se da en África o Asia o Sudamérica pero que ponen a sus hijas a trabajar para el sistema formándose -la formación también es trabajo, no lo olvidemos- a la edad de 6 meses y hasta por lo menos los 18 años. 17 años y medio de nuestra vida preparándonos para el sistema. Cobrando en especies de nuestras madres -las que llegan-. Las niñas que ayudan en las tareas del campo a su familia desempeñan un trabajo para sus familia, sí, pero no para el capitalismo. Por eso no lo entendemos; por eso nos parecen salvajes, incivilizadas. Porque nos han educado para temer desprendernos del sistema. Para que nos de miedo dar ese paso. Miedo siquiera a imaginar el cambio. Al fin y al cabo, el cambio llega tarde o temprano y es que un día vamos a estar muertas. Y puede que por la cosa más tonta. Por aquella a la que nunca prestamos atención.
Y no podría faltar en este breve compendio la salud ¿Cómo podríamos subsistir la humanidad -sometida en un trabajo alienante- sin un “sistema” médico que garantice al menos paliar los efectos que sobre nosotras produce esta forma de vida demente que practicamos? El sistema no falla. Sabe dónde hay que aplicar parches para que todo siga funcionando. Claro que antes también sucedían accidentes y la gente moría sin posibilidad de ser salvada por la medicina. Pero es que nunca antes ha interesado al capitalismo cuidar a la especie humana hasta que se dio cuenta de cuán rentable recurso “natural” somos. Que si en lugar de seguir expoliando el planeta como lo hacíamos -quiero decir, no mucho más, pero desde luego nunca menos-, nos dedicamos a extraer un poco del trabajo de cada una de las clases sociales -económicas- que se encuentren por debajo de nosotras, podemos seguir manteniendo el poder sobre las clases inferiores. Siempre tienes que ir hacia arriba. Ir hacia abajo, en el “modo capitalista” de nuestro cerebro, claramente es suicida. Pero ¿Qué onda si nos movemos de lado y nos vamos apartando poco a poco de seguir produciendo para mantener este sistema? ¿Qué pasaría si todas actuáramos en la medida de nuestras posibilidades para generar esos auténticos movimientos sociales que de vez en cuando sacuden nuestro “modo distraído”?
La cultura capitalista patriarcal que nos atraviesa, como diría McKenna, es nuestro Sistema Operativo. Y no es un Sistema Operativo libre. Porque la libertad con coacción no existe y somos una esponja de absorber cultura capitalista por los cuatro costados.

Por suerte allá donde arribas te cruzas en el camino infinidad de Zonas Autónomas Temporales, como agujeros de gusano en el espacio-tiempo que inundan la existencia de unas piratas surcando los mares del universo cósmico interestelar en busca de haces de luz que deslumbren nuestro fulgor atroz y sancochado.