Naranjify

La palabra cultura, que hoy asociamos con el cultivo del espíritu, es un término moderno que viene del siglo de las luces (XVIII) y que anteriormente hacía referencia a los saberes transmitidos de generación en generación para el cultivo de la tierra.

Agricultura viene del latín agri, que significa campo y de cultura que significa cultivo o crianza y esta a su vez denota cuidado, por lo que la agricultora, etimológica y tradicionalmente vendría a ser la persona que cuida del campo.

Contaba Gustavo Duch en una charla que la agricultora hoy día vendría a ser una suerte de anarquista perseguido por una forma de vida obnubilada con la idea del progreso, del orden o de la maximización de los beneficios, ideas que tan sólo en una mente hiperdesarrollada e hiperatrofiada como la nuestra tienen cabida. Ningún otro ser de la creación podría entender jamás nuestra visión de la vida por la sencilla razón de que a cada especie, la evolución la ha dotado principalmente de una herramienta que le ha permitido su subsistencia a lo largo de todo este tiempo. En el caso de las humanas, la herramienta en cuestión vendría a ser nuestra mente. Un elefante no considerara inferiores al resto de especies por no tener su trompa que tan claros éxitos le ha aportado evolutivamente, pero sin embargo sólo las humanas pensamos que el resto de seres de la creación son inferiores por el simple hecho de que sus mentes -según el baremo de la nuestra- parecieran “inferiores”. A estas alturas deberíamos saber que toda herramienta es un arma de doble filo, que todo lo que te hace bien, te hace mal.

El pasado invierno, mientras pelaba y cortaba una deliciosa naranja, me dediqué a descubrir toda la cultura que había detrás de ella, todos los conocimientos pasados de agricultora a agricultora tras la observación del ecosistema, las mejoras de la tierra, las asociaciones con otras plantas, los injertos, las podas, las labores de labranza, la protección de los árboles, de los insectos que polinizan sus flores,… De igual modo que cuando escucho los discos de Kamasi Washington encuentro las referencias a sus maestras, melodías que se repiten mientras de fondo cambia la progresión de acordes mezclándose y remezclándose para generar siempre nuevas “armonías de la diferencia” que no dejan de ser versiones y revisiones unas de otras ya que a las humanas nos es imposible copiar sin añadirle nuestra impronta, ya que toda creación no deja de ser una versión siempre nueva y siempre antigua del mismo espíritu que nos impregna y se hace presente a través de nuestra voz siempre particular.
urante este invierno he practicado el arte del pelado para poder apurar al máximo la piel blanca que dejo afuera y que con ella se pierdan la menor cantidad de “gotas”, de elixir. Y sacar estos mínimos jugos puede provocar el deterioro de la continua espiral de piel que dejo a secar para aromatizar tes, hacer confitadas o añadir a postres.

Durante este invierno he practicado el arte del pelado para poder apurar al máximo la piel blanca que dejo afuera y que con ella se pierdan la menor cantidad de “gotas”, de elixir. Y sacar estos mínimos jugos puede provocar el deterioro de la continua espiral de piel que dejo a secar para aromatizar tes, hacer confitadas o añadir a postres.

Cuando me como la naranja, la como desde arriba abajo, desde la ramita hasta el ombligo, dejando -por influencia católica- la parte más dulce para el final.

Y como decía, me he dedicado a disfrutar toda la cultura que hay detrás de una buena naranja. Una tarde que estaba con Alberto saboreando unas naranjas de la zona cuando algo se encendió y se iluminaron de repente todos los saberes pasados de generación en generación, mejorada por cada agricultor en su lugar, adaptándola a través de trucos: la tierra, los injertos, remezclas, productos que requieren un año como ciclo corto y décadas para poder disfrutar los resultados, como cuando un músico se mete en un estudio a esculpir sonidos con sus instrumentos, tomando ideas de aquí y de allí, cambiando partes, rehaciendo patrones, …

De pronto entendí que lo que estamos reproduciendo con la industria de la cultura que conocemos no es más que un disparate más de nuestra forma de vida alienada, como lo es la industria del agro.

La cultura es el buen hacer, algo que se construye entre todas con muy poco y que genera un enorme bien común, sea música en una orquesta, un ballet, un naranjo bien cuidado o el “simple” pan de Casa Paco en Banyeres. Todo lo demás, todo lo que no se hace con entusiasmo hacia la otra, hacia el procomún, lo cubre la industria.

Dicen que hay que apoyar a la cultura. Sí, a la cultura, no a la industria cultural. Por eso estos meses me he dedicado a consumir cultura naranjil local, como quien paga por ir a conciertos. Lo mismo es.

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