Anoche nos reunimos algunos de los que ayudamos en la organización del encuentro para hacer balance. Se habló en general del éxito rotundo que supuso y se hizo una intensa y sana autocrítica en la cual se repetían los términos “política” y “cultura” y sobre los cuales opinaba que tal vez deberíamos de eliminarlos de nuestro discurso si es que realmente aspiramos a un cambio profundo e inclusivo en cuanto a lo que supone un festival artístico. Política, religión y cultura -en realidad, tres caras de la misma moneda, 3 cultos al fin y al cabo- separan, crean rechazos entre grupos humanos.
Quizá no me supe expresar adecuadamente y por ello no dejé toda la noche de darle vueltas. Al despertarme recordé la famosa frase de Terence McKenna que decía que “la cultura es nuestro sistema operativo” y me gustaría profundizar un poco en la idea.
Al igual que los sistemas operativos de nuestras computadoras no pueden correr aplicaciones de otros sistemas operativos y cada vez son más cerrados y restrictivos -imposiciones del mercado-, la cultura, como sinónimo de progreso y civilización, nos ancla a costumbres y ritos unificadores de los cuales nos es muy difícil escapar. Si bien a cambio nos ofrecen la ilusión de unidad, esta se viene abajo en el momento en que las distintas culturas se niegan las unas a las otras: toda cultura se cree “la cultura elegida”.
Por lo tanto, como dice McKenna, la cultura, en realidad, no es nuestra amiga. No al menos la de aquellos que deseamos vivir en paz con nuestros vecinos y a su vez estos con sus otros vecinos hasta llegar a un respeto universal a partir de nodos capaces de comunicarse entre ellos de igual a igual. La cultura unificadora que usamos como sistema operativo destruye algo muy valioso que son nuestras diferencias. Destruye nuestra identidad como seres únicos y creadores.
En nuestra cultura -al menos en la que yo me crié-, dedicamos más tiempo a admirar las obras de una elite de creadores universales -aquellos a los que denominamos “artistas”- que a crear y compartir con quienes nos rodean las obras fruto de nuestra identidad exclusiva, que no es mejor ni peor que la del resto de seres creadores. De este modo nos sometemos como clientes a una oligarquía de servidores de la cultura. Y esta, en mi opinión, es una de las barreras que se franquean en un encuentro como el Tantanakuy. Es cierto que pasaron artistas “reconocidos”, pero igualmente todo quien tuviese algo que expresar tenía cabida y un público al que ofrecérselo. No había horario para estrellas ni escenario para dinosaurios.
Si nuestra madre viese a sus hijos vivir en ranchos sin luz o agua corriente, sin heladera ni televisión satelital, por muy dignamente que viviésemos, lo primero que diría sería: “con la educación y la cultura que os dimos!”. Sencillamente no entendería que existen infinitas maneras de vivir, por mucho que nuestra cultura nos indique un único camino y en primera instancia sentiría rechazo hacia nuestro modo de vida. Y aunque con el tiempo terminase entendiéndolo, todavía sentiría vergüenza a la hora de explicárselo a sus amigas. Porque no olvidemos que nuestras relaciones humanas vienen muy predeterminadas por nuestra cultura: los burgueses no se juntan con los oligarcas ni con los crotos, los hippies no se juntan con los paisanos, y así nuestras realidades apenas llegan más allá de lo que nuestras barreras culturales permiten.
No obstante, McKenna apunta que podemos cambiar nuestro sistema operativo cultural por otro más tolerante y abierto, que es más que posible. La desprogramación es parte de ese proceso. Para ello nos podemos servir de “chamanes” que nos ayuden a transitar esta migración -McKenna aboga por las drogas como medio para conseguirlo- o simplemente ir deconstruyendo ladrillo a ladrillo ese muro de la cultura tras el que nos encerraron desde que nacimos.