
La madurez
Entré hace poco en una etapa de la vida a la que comúnmente se la denomina madurez. Viví las anteriores etapas casi sin hacer apenas reflexión sobre el paradigma que regía cada una de ellas y cómo iban cayendo uno tras otro. Pero por primera vez, miro hacia atrás y me encuentro como cuando miras tu imagen entre dos espejos. No se si se imagina.
De todos modos, esto de la madurez conlleva a groso modo unas consecuencias, a saber:
- Que en mi cerebro, de igual volumen (aprox.) al que tenía cuando era adolescente, hay guardadas más secuencias de las que había entonces. O debería, porque realmente no tengo la sensación de acumulación y por eso quizá, en la práctica, cada vez me parece que recuerdo menos cosas o que he borrado muchas antiguas para hacer hueco a las nuevas. O eso, o es que quizá nuestro cerebro no adquiere esas secuencias sino que están grabadas y tan sólo las leemos, por poner una versión más determinista de la vida.
- Que ni de lejos siento de la misma manera que en las etapas anteriores. No se si esto es mejor o peor. Evolutivamente, no tendría sentido juzgarlo. Simplemente, es. Ni mejor ni peor. Por eso, a menudo me pasa que cuando hablo con alguien que vive en otra fase por la que yo he pasado, me veo como cuando entonces yo hablaba con un maduro, que nos era difícil entendernos porque el prisma a través del cual vemos, es distinto.
- No ha cambiado, sin embargo, que me siga angustiando el futuro alguna que otra vez cuando me despierto. Qué cagada no haber podido remendar esto todavía. Espero no arrastrarlo hasta la vejez.
- Todo el resto de ideas que exponga, sin duda van a estar afectadas por este cambio psicofísico.
La vida
Miro a mi alrededor y me percato de que absolutamente todos los llamados “seres vivos” hacen sin excepción 3 cosas: adquirir energía (alimentarse), conservarla (cobijarse) y reproducirse. El incumplimiento de la primera y/o la segunda regla, lleva a la desaparición del individuo y la tercera a la desaparición de la especie. Las estrategias para conservar ese estatus de ser vivo pueden ser muy diferentes. Pueden ser altruistas o egoístas. La evolución nos confirma que ambas son válidas y es difícil determinar cuál es “buena” y cual es “mala” para la perpetuación de la vida ya que ambas estrategias se dan continuamente y al mismo tiempo en todos los seres vivos. Uno puede ser un esposo egoísta al mismo tiempo que un padre altruista y rara vez encontraremos un ser que sea sólo egoísta o solo altruista. Así que si una estrategia la considerásemos “la buena” y a la otra “la mala”, deberíamos aceptar que ninguna de las dos puede darse sin la otra, en cierto grado que nuestra voluntad determina.
La razón.
Sin duda, la razón es el paradigma al que me he aferrado en mi pasada edad y del que todavía no he conseguido desatarme. Pero como decía Ken Wilbert, cada nueva visión del mundo, debe permitirnos trascender al tiempo que no dejar de incluir a la anterior.
P: ¿En qué se basa usted para decir que una visión del mundo es mejor que otra?
KW: No olvide que cada nueva visión del mundo trasciende e incluye a su predecesora. La emergencia y el desarrollo de un nuevo estadio de conciencia incluye los componentes fundamentales de las visiones anteriores del mundo agregándoles, al mismo tiempo, las nuevas percepciones diferenciadas propias del estadio anterior. Trascender e incluir. Y cuanto más inclusiva sea una visión del mundo más adecuada es.
No se trata, por tanto, de que la visión anterior del mundo esté completamente equivocada y que la nueva visión del mundo sea totalmente correcta. Lo anterior fue una vez apropiado pero lo nuevo lo es todavía más. Si no fuera más adecuado, la evolución no podría haberlo seleccionado, no podría apresar las corrientes del Kosmos y quedaría arrinconado al borde del camino, flotando a la deriva como el desecho de lo que pudo haber sido.
Obviamente, esto no significa que una visión «superior» del mundo no tenga sus propias limitaciones intrínsecas sino todo lo contrario. Dondequiera que exista una posibilidad de trascendencia también existe y, por el mismo motivo, una posibilidad de represión. Lo superior no sólo puede trascender e incluir sino que también puede trascender y reprimir, excluir, alienar o disociar.
Es por ello que, al contemplar la emergencia de las distintas visiones del mundo, tenemos que mantener una constante vigilancia ante las posibles represiones y disociaciones que han ocurrido y que todavía siguen ocurriendo en el proceso histórico.
No es que la razón no parezca ser el motor que mueva al universo. Es que la razón es tan sólo una pieza del puzzle al que pertenecemos. La ciencia, aplicada en condiciones de laboratorio (es decir, de forma simple), explica con gran elocuencia cosas que a todos los seres vivos, humanos y no-humanos (ya que la ciencia no es exclusividad de los humanos. Otros seres vivos observan esas leyes y se acostumbran a vivir con ellas) nos ponen en común acuerdo.
Es difícil (imposible?) que alguien pueda negar tales leyes; que alguien pueda negar, por ejemplo, estar sujeto a la ley de la gravedad. Para estos supuestos, las leyes son implacables y se cumplen sin excepción. Nadie puede negar que se siente atraído por la gravedad, a pesar de que pueda contrarrestar esa sensación con otras creadas por la mente, como la sensación de liviandad. Materia y espíritu están siempre en juego, por mucho que uno desee negar al otro. Tampoco el resto de seres vivos pasan por alto que arrojarse por un precipicio si no tienes alas, hilos o una muy reducida masa, va en contra de las reglas que abocan a los seres vivos a autoperpetuarse.
Pero cuando intentamos trasladar las leyes de las ciencias exactas a las ciencias sociales o humanas, ahí vamos para atrás. Si bien las ciencias humanas pueden explicar (a posteriori) la historia del mundo, no pueden apenas predecir el futuro ya que los seres conscientes, en cualquier grado, poseemos algo que no poseen los que consideramos no-conscientes como una piedra o el agua: las “cosas” (aunque no podamos negarles una historia, porque la tienen)
Lo que nos diferencia a los seres “vivos” de los “no-vivos” es la voluntad. Una piedra no tiene voluntad, así que, no parece poder decidir sobre su futuro como lo podemos hacer los seres vivos. Se puede predecir con cierto grado de acierto, aunque a muy corto plazo, cómo va a ser el futuro de los seres vivos. Pero mirando hacia atrás, es fácil darse cuenta que algunos cambios que sucedieron, fueron muy rápidos y difíciles de pronosticar y supusieron lo que se llaman revoluciones, que poseen una fuerza rompedora al principio, como una ola, pero que terminan agotándose en el inmenso mar que las contiene.
Por lo tanto, observando a la naturaleza, no parece que sea posible un cambio que se mantenga en el tiempo, como una revolución continua. Estamos, inexorablemente sometidos a otra de las leyes que rigen el universo: la evolución. Se dan cambios continuos y a la vez se repite todo. ¡Pero al mismo tiempo! De manera que todo se repite siempre de forma diferente. O aceptamos esto, que algo al mismo tiempo es blanco y es negro, o es que estamos todavía demasiado aferrados a la razón excluyente.
Por lo tanto, esa idea de la ilustración de que el mundo que nos rodea lo podemos supeditar a las leyes inquebrantables de la razón, no es más que una de las tantas visiones imperfectas del mundo, la que vivimos aún y de la que más tarde o más temprano tendremos que desprendernos porque no va a durar para siempre. Las leyes que rigen la vida no son universales e inquebrantables como lo son las que rigen a la materia. Por eso, por mucho que intentemos plantear leyes que rijan nuestra conducta, nuestro SER, estas se tienen que ver por fuerza sometidas a continuos ajustes o de lo contrario no sirven apenas para regir un instante de tiempo más o menos amplio.
O eso o abandonar la idea de aplicar las leyes que rigen a la materia al comportamiento humano. Quizá nos equivocamos al pensar que se podía racionalizar todo. Claramente esa es la psicosis que rige al hombre en nuestro tiempo.