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Pasear por las calles comerciales de mi ciudad natal es como vivir en zombielandia, en la capital de los muertos vivientes.

Bajo la prolijidad del mundo aparente que domina las ciudades del llamado primer mundo no hay más que una industria de creatividad nula o negativa. Las leyes están creadas para impedir la copia de la música, los diseños o cualquier obra de lo que ellos mismos consideran arte. No es que sintamos que son obras de arte. No. Sabemos que es arte por el mero hecho de que ellos dictan que lo es y por ello se protegen. Que loco no? Quién vino antes? El huevo o la gallina? Y por qué alguien querría copiar obras tan banales y tantas veces copiadas antes?

No solo las obras protegidas son de una creatividad inexistente sino que la gente paga por ellas!!! Es decir. Si yo monto un negocio y quiero crear imagen de marca, imprimo unas camisetas con el logo y el nombre de la empresa y se las regalo a mis clientes y amigos. Ninguno me pagaría 20 € por una camiseta que no es más que una pancarta de publicidad!!! Pero incluso suponiendo que la imagen de marca sea simpática, como mucho llevarían la camiseta y presumirían de ser amigos o clientes como gesto de recompensa.

Pues bien. En zombielandia, los feligreses de la iglesia del consumismo pagan por abanderar el logo de las empresas que dominan sus gustos y así rinden culto con el acto por excelencia de comunión con el orden sagrado: consumiendo y propagando la fe en el consumo y en el movimiento de capitales para poder llenar nuestra necesidad de SER.

Por suerte, al otro lado del espejo, todo el mundo se vuelve del revés.

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