Tantanakuy 2017: Punto de inflexión

Estas son algunas de las ideas que me temo, no supe expresar correctamente en el plenario del Tantanakuy del pasado sábado 2 de Septiembre:

Me asusta la idea de que piensen que no siento sus miedos. Los siento y empatizo con ellos hasta el punto de que se me humedecen los ojos y se me cierra la garganta. En lo único en que diferimos es que, quizá por mi historia, quizá por mi carácter, quizá por el momento que estoy viviendo o una mezcla de todo, estos son unos miedos que me activan a trascenderlos de una manera diferente a la que habitualmente nos defendemos de ellos. Creo, más que nunca, que otros caminos son posibles.

Salir a las plazas e increpar de la forma que he visto estos días, me parece claramente un suicidio, el camino más directo para que acaben con nosotras y la mejor manera que tiene el poder para dividirnos, porque recordemos, dividir es la estrategia que siempre tuvo el poder para vencernos. Y esta, como todas las luchas no se dirime en una guerra entre el bien y el mal. No existen bien y mal absolutos. Siento que esta debería ser una lucha por aceptar que luz y oscuridad son parte de la misma naturaleza, que no existen la una sin la otra y que no podemos acabar con alguna de ellas sin acabar con nosotras mismas.

Nuestro objetivo no debería ser acabar con “el otro” sino reconciliarnos con el y caminar juntos. El otro nos da miedo, nos amenaza y sus tentáculos llegan hasta nuestros vecindarios, hasta nuestras asambleas, impregna nuestra vida cotidiana de angustia. Eso se siente más que nunca. Pero esta angustia no viene generada sólo por el daño que nos puede hacer; en el fondo la angustia viene dada porque sabemos que no podemos acabar con ese mal porque es parte de nuestra naturaleza. Nadie está exento de el. Se nos dijo infinidad de veces que si no podés con tu enemigo, siempre podés unirte a el: integrarlo, aceptarlo. Pero eso no será posible mientras no cese la lucha. Y las causas por las que se están luchando no son las de unos u otros: son las de todas. Es el poder, nuestra demencia la que nos hace pensar que el otro nos desea el mal. Y está en nuestras manos y sólo en las nuestras convencerle de qué es lo mejor para todas, para poder vivir en paz con nosotras mismas.

Por eso algunas repetimos una y otra vez la idea de la integración. Los que han votado al “otro” partido no son nuestros enemigos: los que ostentan el poder lo son y tienen tanto poder porque se lo hemos dado nosotras, con nuestros votos. Son ellos los que nos han “partido”, los que nos han dividido y la lucha no debería ser para acabar unos con los otros o los otros con los unos sino para borrar esas barreras que la mal-llamada democracia partidaria nos ha impuesto.

Por eso algunas defendemos el Tantanakuy como un espacio de creación e integración que nada tiene que ver con las marchas en las calles. Eso no quita que cada individuo manifieste en el sus inquietudes o se las calle. Pero si no propiciamos un lugar de ENCUENTRO real, la integración con el otro nunca se va a dar. Si anteponemos nuestras barreras, nuestros carteles y nuestros gritos, el otro nunca se va a acercar, le estamos repeliendo y menospreciando, nos estamos creyendo superiores y tachamos al otro de alienado.

Medios y miedos son dos palabras casi idénticas; sólo cambia el orden de las letras. Siento que el Tantanakuy, más que nunca, está cooptado por el miedo contagiado por los medios y que este nos paraliza en el camino a la reconciliación. Ninguna lucha puede ganarse con miedo, todas lo sabemos. Siento que los tibios pasos dados estos años en pos de un verdadero ENCUENTRO en este lugar al cual no pertenecemos todas de la misma manera, los vamos a revertir. Que para vencer hay que convencer y que a nadie se le puede convencer a los gritos. Que si la tranquera está pintada con carteles que repelen al otro, nunca se va a poder producir tan encuentro, nunca vamos a poder convencerles de que nuestras luchas, en el fondo, son todas las mismas. Que la vida no es que gane Boca o River: la vida es el juego, es el camino. Y el camino es el encuentro.

Addendum:

Anoche hablábamos en casa de la situación política y me levanté hoy con ganas de aclarar algunas posiciones.

No soy de izquierdas y siento que por eso mi floja crítica al actual gobierno de derechas pueda generar desconfianza. Es la misma que hacía cuando gobernaba la izquierda-derecha. No creo en lo que llaman democracia y a la que siempre le quitan el apellido “capitalista”. No existe ninguna democracia real, todas son hijas más o menos bastardas de las relaciones entre los diferentes poderes para garantizar nuestro continuo estado de sometimiento. Claro está que no me gusta que me repriman por expresar lo que siento (escribir esto me podría incluir en una “célula” terrorista) pero me parece igualmente hipócrita aceptar las migajas sin que me repriman. No deja de recordarme que es una calma transitoria necesaria para que no estalle todo.

No creo que sea necesaria gobernanza alguna. Es posible que para quienes viven apiñados en las ciudades se haga necesaria una aplicación más extrema de medidas para que se cumplan unos mínimos códigos. No sabría si es que al vivir de forma tan alienada es necesario un mayor control o el control se ejerce para alienarnos. La alienación se consigue en las ciudades privándonos de todo contacto con la naturaleza (más allá de las tormentas, el canto de algunos pájaros o las escasas flores y árboles de los parques). La única naturaleza omnipresente en las ciudades es la humana. La gobernanza es una parte inherente a las ciudades (hasta para la comunidad de vecinos hemos de contratar a un gestor. Ni siquiera entre una docena de vecinos podemos ponernos de acuerdo).

Algunas nos alejamos de las ciudades huyendo del control omnipresente sobre nuestras vidas. Eso no quiere decir que fuera de ellas abandonemos el grado de responsabilidad que comportan nuestra toma de decisiones libre y no se me ocurre mayor castigo a esta falta de responsabilidad que el desprecio de nuestros vecinos sin los cuales (suponiendo que el dinero no lo pudiera conseguir todo) no podríamos subsistir.

En mi búsqueda de formas de autogestión no dependientes de los grandes poderes procuro unirme con gentes afines, cualquiera de mis vecinos, más allá de sus votos. Recordemos que esta forma de control a nivel mundial en la que vivimos es algo reciente, apenas una decena de siglos atrás, la falta de medios de comunicación y telecomunicación (que aparentemente tanto progreso nos han traído) impedían que se pueda ejercer tal nivel de control.

Por todo eso, el Tantanakuy lo sentí como un espacio de creación conjunta de bienes culturales totalmente independiente y autogestivo que es capaz de avanzar más allá de quienes intenten gobernarnos, más allá de las condiciones climatológicas, más allá de los recursos más que limitados, simplemente con las ganas y el esfuerzo de todas. Es por eso que me entristece cuando las fuerzas políticas (macro-políticas) intentan tomarlo como su bandera y me siento como si bombardearan el barco pirata en el que navegamos.

Si en aquel mundo dominado por monopolios depredadores, por la esclavitud, la autocracia y el racismo, los Piratas históricos se dieron a sí mismos igualdad, libertad, autodeterminación y auténtica convivencia multicultural, ignorando toda corrección política de su tiempo, entonces es que reivindicamos su bandera, su legado y su nombre.

Porque nosotros crecimos en la periferia de lo que algunos llaman ilegalidad, navegando caóticos mares culturales, habitando unas pocas y remotas islas liberadas y no conocemos otra forma de organizamos que no sea bajo un principio de convivencia igualitaria: las Redes de Pares.

Resistimos entonces los monopolios del conocimiento, la cultura, y el patentamiento de la vida, así como nos resistimos a las metrópolis del presente que depredan los recursos naturales en sus colonias: el planeta entero.

Extracto del “Manifiesto del Partido Pirata

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