Escribía lo siguiente con la idea de capaz leerlo en la reunión preparatoria del Tantanakuy 2018 que justo coincidía con la votación para la despenalización del aborto:
En tiempos donde cada vez es más radical la separación y la desarticulación en la defensa de nuestros derechos; en tiempos donde los medios nos atraviesan la piel para formar un apéndice de nuestro cuerpo que llevamos allá donde vamos; en estos tiempos que nos quieren hacer ver como grises y opacos, en los que nos quejamos de hacia dónde están llevando este tren a punto de descarrilar, donde la depresión ahoga nuestro día a día,… ahora más que nunca, el encuentro se hace necesario y la alegría de celebrarlo ha de estar presente.
Yo soy un loco, los que me conocen ya lo saben. Pero para quienes no me conocen tanto o quienes no acaban de formarse una idea a través de mi atropellado torrente de palabras y gestos, quiero dejar bien claro que no es mi postura contraria al recorte de derecho alguno. Nunca lo fue y nunca lo será. Siento que la libertad debería de ser el primer derecho inalienable de todo ser vivo. Pero en esta moderna forma de sociedad global dominada por unos pocos en la que nos tocó vivir, hacernos creer que la libertad se puede dar sin responsabilidad, simplemente por decreto o a través de leyes es un camino que siento que no nos conduce al bien común. No me cansaré de repetir que no podemos actuar libremente si no actuamos de forma responsable y consciente. Precisamente por eso el poder intenta separar los términos libertad y responsabilidad y nos quiere hacer creer que la libertad de nuestros actos pueda venir condicionada por una serie de leyes que cubran la totalidad de los casos posibles y eso es como pretender que la ciencia lo pueda explicar todo o como intentar sacar toda el agua del mar con un cubo para enterrarla en la arena.
Ahora, las formas que están adoptándose en la lucha por nuestros derechos es lo que me genera malestar porque siento que éstas formas entran en total conflicto con el fondo de la cuestión. Cada vez estoy más convencido de que el poder está sentado observándonos salir a la calle mientras se frotan las manos Más que temor, al poder, nuestros actos le generan satisfacción porque en el fondo saben que mientras permanecemos desunidas, ellos tienen todas las de ganar.
En este valle que habitamos, se hacen encuentros de masculinidad a los que no asisten mujeres, encuentros de mujeres a los que no asisten hombres, vamos a marchas en las que insultamos e increpamos a los votantes de determinados partidos, nos dividimos entre paisanos nacidos y criados y jipis trasplantados y en general creemos que la nuestra es la forma correcta y excluimos a las demás… mientras que exista esta división, el poder seguirá pisoteándonos puesto que todas sabemos que no hay lucha liberadora que excluya el grito de que “sólo unidas podemos vivir en paz”. Todas sabemos que no podremos liberarnos hasta que nuestro ego, que opera en contra de todos los demás egos creyéndose el ego elegido, descanse y nos permita ser nosotras mismas. Nos permita simplemente SER.
Siento que nos debemos unos encuentros donde debatir todos estos temas en busca de unión y complicidad y no de separación y exclusión. Capaz que por ello tiene cierta lógica que cada vez que nos juntamos para organizar este encuentro, lo primero que saltan son toda esta serie de desencuentros que nos azotan día a día. No obstante, cada año que pasa siento que el Tantanakuy sigue siendo uno de los escasos momentos en que el encuentro ciertamente se da y por eso no se pierde por completo la magia, a pesar de la magia negra que el poder opera sobre nosotras.
Disculpen que me repita como el ajo, pero siento que la única manera de hacer frente al poder de unos pocos que nos intenta dominar con unos medios y una violencia salvaje como nunca antes ha conocido esta especie, sólo se puede articular desde abajo. Desbancar el poder actual para sustituirlo por otro no elimina el poder sino que lo perpetúa. Tenemos que recuperar para ello la idea de comunidad y toda comunidad libre empieza desde abajo, desde nuestro vecindario, desde el territorio que habitamos todas, cada una en el suyo y a su manera y con respeto, pero nunca imponiendo y menos desde arriba, por tentadoras que parezcan nuestras ideas “liberadoras”.
Todas sabemos que si plantásemos cuantas semillas tenemos alrededor, educásemos y cuidásemos a nuestros seres queridos en el amor, en el dar y en la alegría, si nos organizamos para que no nos falten un buen puñado de necesidades básicas que todo ser vivo necesita para que la vida no se marchite,… si todo esto se diese, la inflación, las fuerzas de seguridad que blindan al poder, la legislación sobre nuestros derechos o la idea de la escasez no nos afectarían como actualmente lo hacen. Pero mientras esperemos que esos cambios vengan de arriba, acá abajo los palos no van a parar. Nuestra fuerza no va a echar a andar hasta que no empujemos el carro y eso se hace de a poquito y entre todas, como sucede en el Tantanakuy.
Estar pendientes de lo que un grupo de garcas fachos que se hacen llamar legisladores decidan sobre nuestras vidas, es en mi opinión (me perdonen), una pérdida de nuestra soberanía. Nunca el poder estuvo tan lejos del pueblo como en estos tiempos en los que poder opera hasta en el más recóndito de nuestros lugares íntimos a través de sus medios, esos pequeño dispositivos que todas llevamos encima como el collar de un perro cuando pasea por la ciudad. El tiempo que dedicamos a seguirlos, es lo que los alimenta y los engorda y es tiempo que no dedicamos a plantar las semillas de nuestra futura libertad. El malestar que nos generan sus decisiones nos causa depresión y ellos saben de sobra que la depresión imposibilita la actuación, mientras estamos deprimidos, no nos podemos gobernar, no somos dueños de nuestras vidas y la vida nos pasa como un drama del que no participamos más que pasivamente. La palabra Historia, tenía originalmente relación con los términos idea o visión. Recuperemos el control de nuestra historia y decidamos cuál es la historia que queremos vivir mirando al futuro y no al pasado.
Permitanme por último recordar los que a mi modo de ver son algunos de los logros del Tantanakuy y es que conseguimos compartir momentos de música, teatro y otras artes en total comunión entre público, organizadores y artistas: no hay clases. No nos hacen falta subsidios ni agradecimientos ni servidumbre ya que cuando se DA realmente, no hay que agradecer a nada ni a nadie más que a la vida por habernos juntado. Somos capaces de generar encuentro en contra del esfuerzo del poder por separarnos y somos capaces de organizarnos sin jerarquías ni autoridad. Respetamos opiniones y expresiones artísticas que no son las nuestras y nos descubrimos en el otro a través de su esfuerzo. Si todas estas capacidades las pudiésemos aplicar a la generación de alimentos, a la educación, al cuidado de la salud y al de las personas en el grado en que lo conseguimos en el Tantanakuy, podríamos decir chau a toda la gobernanza que nos oprime. Por eso más que nunca, a pesar del dolor que a todas nos genera esta forma de vida que a veces nos arrastra, tenemos que ondear la bandera de nuestros logros para seguir imaginando la que podría ser nuestra historia, la que entre todas hacemos.
Aquí y ahora, las posibilidades son prácticamente infinitas. Todo está en nuestras manos.
Como recordaba Zibechi, compañeras son las que comparten el pan.
Gracias por escuchar.