Que este año casi en el último momento, el Tantanakuy fuese cancelado, pareciera el síntoma evidente de la enfermedad que le aquejaba. Una previa desganada, cierto hastío visible en las cuerpas y una ausencia de presencia generalizada en un momento donde los medios de comunicación han empezado a apropiarse de nuestro sistema nervioso podría leerse como la “crónica de una muerte anunciada”. En el fondo, sospecho que a muchas nos empezaba a pesar el encuentro: si no se realizaba, tampoco nos iba a perturbar tanto.
Yo en lo personal, no me encontraba, no me sentía, no me arrastraba en absoluto el espíritu de otros años, aunque sin duda se veía agravado por otros motivos personales.
Pero en el kosmos la muerte no significa nada especial. Unos cuerpos desaparecen y a partir de ellos se reconfigura nueva vida alrededor. La misma materia de la que estamos compuestos pasa a ser parte de otros seres y así vida y muerte son dos caras de la misma moneda que no pueden existir la una sin la otra como la sombra no puede existir sin luz.
Mantener un encuentro como el que hemos llevado a cabo estos años, con su dosis continua de éxito y crecimiento, choca con el carácter disruptivo que algunas buscamos en los eventos en los que participamos. El “progreso” genera un estress que a la larga termina minando toda comunidad dado lo dificultoso y la escasa práctica que tenemos en la articulación de grupos de personas con fines tan opuestos al éxito aparente como es la generación de procomún, de espacios de todas gestionados para el bien de todas.
Una decisión de emergencia tomada en un momento delicado donde las participantes no tienen el tiempo para la reflexión generó una escisión, un momento de separación, una reacción. Todo se tornaba confuso y la situación de emergencia que vivíamos comenzó a generar gran agitación entre una gran cantidad de compañeras. Algunas sentíamos que entre las dos opciones que se nos presentaban no cabían todos nuestros sueños, que por ambas se escapaba el espíritu que invocábamos. Sentíamos que entre el SI y el NO había infinitas tonalidades de gris y que aunque pudiese parecer confuso a primera vista, no se debía menospreciar la inteligencia del resto de seres con quienes compartimos. Que aunque más complejas, podían darse cualquiera de esas otras opciones que se nos escapaban entre líneas. Que el espíritu del Tantanakuy, que es el espíritu del encuentro, no lo podíamos posponer porque no se dieran las condiciones idealmente establecidas ya que este se ha de manifestar en todas las situaciones por complejas que estas sean si no queremos abandonarlo. Entonces empezamos a notar el peso de la burocracia que todo sistema social acarrea y nos comenzamos a rebelar contra ese ente que entre todas, casi sin darnos cuenta creamos. Las herramientas y las prácticas las teníamos interiorizadas. Los medios de producción estaban ahí sólo que los abandonamos a causa de la coyuntura, pero estaba en nuestras manos ponerlos a producir de nuevo, modificándolos apenas para adaptarlos a la nueva forma que el espíritu que nos unía requería. Algunas lo vieron antes y otras más tarde, pero cuando el espíritu te atraviesa, nada puede detenerlo. Cuando con nuevos ojos mirás el mundo, la realidad es otra.
Algunas sentimos que el Tantanakuy, tal y como había estado sucediendo, llegó a su fin aplastado por el peso de su éxito y la corriente de fondo que genera tal encuentro nos hacía sentir que otras formas podían darse, otras formas menos complejas y desgastantes, un encuentro más simple y desburocratizado, más espontáneo, más abierto, más flexible, todos ellos atributos que remiten a evolución sin confundir a esta con progreso -a veces evolucionar significa retroceder y no hay nada de malo ni de bueno en esto ya que la evolución no sabe nada de esos términos-. Y sentimos que no debería de decepcionar a ninguna ya que buscamos compañeras con las que seguir evolucionando y adaptándonos como nos exige siempre la vida.
