De todas las formas del veganismo, la única que me resuena es aquella que denuncia el uso de los animales como si fuesen simples mercancías en la vida que hoy conocemos como “occidental”. Para mi es claro que la dieta que practicamos es insostenible además de muy insalubre y ello es consecuencia de una continua industrialización del campo, la distribución de alimentos a todo el planeta y la aplicación de las máximas del capitalismo de que hay que aumentar los beneficios y reducir los costos. Sin embargo la versión más habitual del vegano que nos encontramos es la del típico hinchapelotas al cual he decidido bautizarlo como EgoVegano, es decir, aquel cuyo ego se expresa en la forma del veganismo más rancio que marcan las modas y los medios.
Mi definición de vegano sería la de aquellas personas que viven en la vega (sinónimo de la chacra, la quinta o el campo) y se alimentan de los productos de esta, es decir, de la huerta, los animales, los insectos, la caza o la recolección procurando respetar el equilibrio del lugar. No tengo ningún reparo en que se usen animales para labrar la tierra siempre y cuando se haga de manera ética y respetuosa. A cambio les estamos proporcionando alimento, cuidados y cariño. Siempre fueron nuestros socios y todas sabemos que cuando uno no cuida a sus socios, tarde o temprano la empresa se va a pique. Es lo mismo que supuestamente hacemos con un perro o un gato, los cuidamos y ellos a cambio nos ofrecen compañía. Sin embargo también podríamos hacer aquí otro paréntesis y es que a veces es tan fácil percibir las neurosis de las humanas a partir de la observación de su trato con sus mascotas que uno se asusta, especialmente en las ciudades, de lo enfermos que podemos llegar a estar.
Usar o aprovechar los recursos de la naturaleza que nos rodea es una práctica habitual de todo ser vivo. No existe ser vivo que no modifique su entorno. No podemos vivir sin alimentarnos de otras vidas, sólo de minerales. Al igual que nosotras usamos a los animales -¡Y a los vegetales! ¿O acaso no son seres vivos también?-, otros animales nos usan a nosotras: pulgas y mosquitos nos chupan la sangre cuando pueden, un tiburón hambriento no titubearía en devorarnos como nosotras a un bistec y miles de otros seres vivos viven dentro de nuestro cuerpo, algunos en simbiosis y otros de forma parásita hasta el punto en que podrían acabar con nuestra vida si no los contenemos. Por esta razón no puedo entender que algunos veganos no hagan distinción entre el uso y el abuso de los animales. No ver que no se trata de un asesinato el que nos comamos a una gallina a la que hemos alimentado, cuidado y protegido, que ha ido compostando la tierra por donde pasaba, y que esta ha enriquecido nuestra huerta, que nos ha dado huevos casi todos los días, que ha reciclado mucha de nuestros deshechos orgánicos y que cuando llega al final de su ciclo, la cocinamos para hacer un buen caldo, es algo que me parece de una miopía sospechosa. Yo siento que una gallina así ha llevado una vida muy digna. Entiendo que quienes tienen respeto por los animales no se coman una gallina que ha vivido hacinada sin moverse, alimentada con compuestos industriales o maíz transgénico, que nunca a visto la luz, que jamás a tenido descendencia y que cuando ha fallado a la hora de poner huevos se la ha sacrificado para poner a otra. Claramente la industria alimentaria es la peor cárcel que existe. También entiendo que aquellas que decidieron vivir en las ciudades nunca vayan a poder aspirar a comerse una gallina que haya llevado una vida digna. Pero aceptemos que hace apenas 100 años, la mayor parte de la humanidad consumía alimentos que para producirse no requerían el sacrificio de tantas vidas.
Me parece una contradicción no comer animales criados de manera industrial pero sin embargo no tener reparo en comer vegetales producidos por la industria del agro ¿Acaso cultivar de forma intensiva no desplaza y mata animales? ¿Acaso no había antes monte, con su equilibrio adquirido en años, en el cual habitaban animales y plantas autóctonas que fueron exterminados y/o desplazados por topadoras para cultivar con semillas modificadas genéticamente y agrotóxicos que matan todo rastro de vida salvo al cultivo en cuestión, haciendo con ello desaparecer insectos y animales y poniendo en peligro multitud de especies? En la provincia de Córdoba (Argentina) queda menos de un 3% de monte nativo. El resto fue arrasado para sembrar en su mayoría soja transgénica, uno de los alimentos más consumidos por los veganos. Si bien gran parte de esta soja es producida para el consumo animal, tenemos el ejemplo de Almería que produce alimento para humanos a costa de extender un mar de plástico trabajado por norteafricanos desplazados arriesgando sus vidas en el mar, abandonando sus hogares y sus familias para poder conseguir un salario de esclavos y así nosotras podamos disponer de verduras a bajo precio en los supermercados de todas las ciudades. ¿No es la explotación humana explotación animal? ¿O acaso el vegano preferiría que el campo produjese alimentos vegetales sin uso de animales, es decir, contaminándolo con maquinaria que contaminó en su construcción y en la extracción de los combustibles fósiles que usan? Porque no hace falta ponerse muy puntilloso para darse cuenta que cualquier alimento, por vegetal que sea, producido industrialmente, lleva consigo maltrato y muerte de animales, vegetales e infinidad de seres vivos de todas las especies ¿Qué debería entonces comer un vegano que justifique su causa?
El veganismo que practican muchas es un deporte extremo, una carrera de fondo (sin fondo), una competición para ver quién es más vegano o quien encaja mejor el sufijo “-ismo”, una obsesión más del acomodado mundo en el que vive la gente de las ciudades. Nadie en su sano juicio que viva en el campo (en la vega), que produzca sus alimentos y su cobijo de manera sostenible, es decir, que no dependa del dinero ni de los productos del mercado que con el se pueden adquirir, se podría permitir tal locura. El argumento de no maltratar a los animales es muy válido, pero es imposible de alcanzar viviendo en un lugar como las ciudades donde todo atisbo de naturaleza es erradicado para evitar que nos demos cuenta de que la forma de vida que hemos creado va contra natura.
Pero vamos al meollo de la cuestión. Y es que lo que cada una decida hacer con su vida es algo muy respetable, siempre y cuando respete la de los demás. Por eso cuando en un grupo de humanas, salta el típico vegano con sus argumentos a favor de la vida animal y todo el grupo tiene que aceptar y comer su dieta porque pareciera que es de una moral incuestionable, es ahí cuando el EgoVeganismo hace su aparición y todo el grupo tiene que someterse al Ego del Vegano como si se tratara del Ego elegido.
Dejar de maltratar animales es dejar de maltratar animales y entre ellos contamos nosotras también.
¡Basta ya de maltrato humano por parte de los EgoVeganos!