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Una noche cenando en casa de Sebas y Caro, reparé en un adhesivo de la heladera que me llamó la atención. A simple vista parecía un típico manifiesto revolucionario sospechoso de hippismo que de algún modo se adhirió también a mi inconsciente. Pero mira por dónde me lo volví a encontrar al poco tiempo y fue entonces cuando realmente me atravesó. Pasé tiempo repitiéndolo en emails y charlas y en una de ellas el propio Sebas me hizo recordar que fue en su heladera donde probablemente me lo crucé por primera vez. Tenía toda la razón; no me acordaba.
En el ámbito donde vivimos, Bill Mollison o Fukuoka son poco sospechosos de activistas revolucionarios. Son más bien vistos como iniciadores de un “movimiento” que en la praxis brilla más por su palabrería que por sus actos. Casi todo el mundo acá sabe qué es la permacultura. Continuamente se ven afiches donde centros de permacultura realizan talleres, cursos y un sinfin de actividades, muchas de ellas con ánimo de lucro -hay excepciones- pero pocos pueden presumir de vivir según los principios que exponen. Unos hacen bioconstrucción para ganar plata con la que poder obtener alimento y otros utensilios. Otros hacen huerta “orgánica” que venden a precios que tan sólo pueden permitirse “los de afuera”. Y otros simplemente se dedican a la transmisión de esos conocimientos al estilo de la educación convencional: los cursos se llenan de asistentes citadinos que seguramente jamás abandonarán la ciudad y pronto olvidarán todo cuanto les han contado, mas llegarán a sus casas consolados por la idea de haber “adquirido conocimiento” (como quien adquiere un iphone) y presumirán de ello colgando fotos en facebook para admiración de sus amigos que ya planean seguir sus pasos y apuntarse al siguiente curso.
No es mi intención criticar la permacultura ya que en sí misma no tiene la culpa de ninguno de los problemas de la humanidad. Es más, apunta algunos caminos que bien podrían ser transitados en pos de un mundo más justo para todos -recordemos que no puede existir justicia sin igualdad-. Y fue su gurú más importante el que escribió la siguiente frase que tan tocado me dejó durante meses:
Son inútiles los revolucionarios que no se procuran alimento y cobijo, que dependen del mismo sistema al que atacan y producen palabras y balas.
Fue entonces cuando decidí que ya estaba bien de palabrería, que había que hundir la pala en la tierra y aprender algo que la mayoría de nuestros bisabuelos aprendieron sin mucho remilgo, sin libros y casi sin tecnología. Que no podía ser que para fabricar nuestros alimentos hiciera falta tanta maquinaria ni tanta dependencia de los grandes capitales. Ser tajantes a la hora de afirmar que la revolución verde no fue un invento para erradicar el hambre en el mundo sino para seguir engordando los mismos bolsillos de unos pocos. Que por poco que hiciésemos, el fin no era LA soberanía alimentaria sino EL GRADO de soberanía.
Por otro lado, otro acontecimiento que me afectó y del que todavía no he conseguido recuperarme es la manera en que se obtiene el dinero. Me es imposible encontrar una forma realmente digna de ganarlo. Si sigo el hilo de cada bien que adquiero con dinero, siempre termino encontrando miseria. En algún punto de la cadena de producción de ese bien, a algún miserable le han pisado la cabeza en mayor o menor medida. Y si alguien tiene un ejemplo de lo contrario, por favor, que lo diga.
Está bien. Es fácil hablar desde mi posición ya que en su día pude ahorrar algo con lo que medio mantenerme. No todo el mundo tuvo mi suerte y por eso es fácil que pueda permitirme estar escribiendo estas palabras. Aunque esos ahorros tienen sus días contados y no puedo quedarme de brazos cruzados. De nuevo, la idea no es vivir SIN dinero, sino EL GRADO en que lo requiero. Si puedo generar parte de la energía que necesito (alimento) y en cierta medida conservala (resguardo, cobijo), mis necesidades de dinero se reducen varios grados.
Así que le estuve dando vueltas un tiempo al tema del cooperativismo. Todo partió del trueque. De hecho, podría parecer que el dinero vienera a suplir al antiguo trueque. Pero esta afirmación tiene truco. Una de las funciones del dinero es sin duda poder usarlo como valor de cambio. Pero el dinero tiene un lado más maquiavélico y es que permite acumularlo y gracias al don de la herencia, poder traspasarlo a nuestros descendientes casi sin pérdida de valor, sin caducidad. Y todos sabemos que quien más tiene más gana, así que claramente, la desigualdad tiende a ser ascendente: unos cada vez tienen más y en consecuencia, otros cada vez menos. Unos cada vez valoran más su trabajo y otros en consecuencia tienen que valorarlo menos para poder competir con los primeros (ejemplo de un dentista y un basurero, ambos trabajos imprescindibles para poder vivir con una higiene necesaria para nuestra supervivencia).
Y así surge la chispa. No es nada nuevo. Alguien te cuenta de un tipo en Mallin ahogado que tiene una huerta sostenida por socios. Otro día te encuentras algunas cooperativas en Cataluña que vienen funcionando hace un tiempo. Los famosos bancos de tiempo, … Lo pones todo en la coctelera y se lo cuentas al compañero con el que estuviste haciendo huerta el pasado año, le contagias el entusiasmo a los amigos a los que les taladras el cerebro con tus historias y un día por fin te juntas a comer un puchero con todos ellos y ahí empieza todo.
http://www.lavaca.org/deci-mu/deci-mu-la-tierra-del-futuro/
Escuchaba el programa de radio donde entrevistan a Irmina Kleiner y Remo Vénica; veo su foto con pose de felicidad y me pregunto, si saliesen todo el grupo de trabajadores de Naturaleza Viva en la foto, ¿Seríamos capaces de reconocerles fácilmente de entre todos? ¿Destacarían por la tez de sus pieles y sus ropas? Si pudiésemos analizar el nivel de dignidad a través de la foto de grupo ¿Advertiríamos diferencias? ¿O puede ser que el resto de trabajadores vivan otra realidad? ¿Acaso son una cooperativa de trabajo? ¿Reparten los beneficios? ¿O siguen valiendo más las ideas que clavar el pico en la tierra para llevarla a cabo? ¿Cuáles son los cambios profundos que han socavado en la realidad que vivimos, aparte de generar un alimento incomparablemente de mejor calidad (que se refleja en el precio)? ¿Qué realidad social han alterado aparte de generar trabajo? ¿Acaso Carrefour o Monsanto no presume también de generar puestos de trabajo?
Les oigo hablar de su pasado como proscritos en el Chaco, sin saber qué hacer, huyendo de una coyuntura que les persigue por militantes -cada vez detesto más esta palabra ¿No deberían cambiarla? ¿O no es una contradicción militar contra los militares que defienden al estado de las cosas? ¿Qué oposición es esa?-. Mas con el paso del tiempo lo que tenemos no es a Goliat derrotado por la militancia, sino que vemos a David, hablando como iluminado de cómo van a conseguir derrotar a Goliat… para ocupar su puesto (*); vislumbro un futuro de alimentos orgánicos creados por grandes compañías que comenzaron como David (y otras no tan pequeñas) que logran transformar la cadena alimentaria sin apenas mover las cadenas que nos separan del resto de clases, los que en realidad pasan el día con la azada en la mano, los que llegan a sus casas y no pueden permitirse una mesa de más del 5% de productos orgánicos -donde esta feliz pareja presume del 90%-, que comen mortadela Paladini y queso Sancor, que tienen autos de alto consumo energético porque no pueden renovarlos, que laburan a pleno sol para poder comprar unas Nike a sus hijos (aunque sean de imitación), que disponen con suerte de un lote con una casa -ni soñar 180 Has!- si tienen la suerte de no alquilar.
¿El mensaje entonces cuál es? ¿Seguir manteniendo las clases, pero reducirlas a una pirámide de sólo dos escalones con una burguesía dominante y un proletariado -eso sí, bien alimentado- y eliminar a la oligarquía? ¿Es esta la culminación del “proceso transformador” que el peronismo militante tiene como objetivo?
Si es así, mejor decir “mu”.
(*) “Los animales asombrados, pasaron su mirada del cerdo al hombre, y del hombre al cerdo; y, nuevamente, del cerdo al hombre; pero ya era imposible distinguir quién era uno y quién era otro.”
Rebelión en la granja. George Orwell
“El 15M podría desaparecer y no ocurriría nada.”
El 15M sirvió para despertar. Pero de qué sirve un despertador a mitad del día? Su función ya ha sido de sobra satisfecha. Sus principios siguen tan vigentes como el primer día. Es una fuerza que nos supera a los humanos y que no podemos abarcar en su totalidad. Y sin embargo es creación nuestra.
Son tardes de Tao en el tren, en la playa o en el castillo. Con la bici compañera, con las cuestas de subida y las largas bajadas sin pedalear, pero siempre pegado a ella. Son el pasado, el presente y el futuro unidos en el mismo instante, en esa mente monolítica y multihilo que guía mis pies.
Podía desaparecer el mundo y no pasaría nada. El resto del universo seguiría inalterado. Una vaga radiación llegaría hasta otras galaxias como una brisa mueve el cabello de Ana. Del mismo modo que todos pereceremos sin más huella que una pisada sobre la arena que mueve el viento.
Podemos hacer tanto como humanos y es tan poca nuestra capacidad individual que unos cuantos se dieron cuenta que para poder actuar, tenían que deshabilitar nuestra habilidad para actuar. Para ello inventaron internet y antes la televisión, la radio, la cultura, el circo, …
Kerouac transmite en sus viajes una vibración que me toca profundamente. Ese ansia por vivir la carretera como sinónimo de vida, de expectativa y de sorpresa, de camino que sabes donde empieza y cómo huele pero desconoces su desarrollo, mas sabes que termina con la muerte, por eso nos adentramos en ella sin resistirnos, la transitamos sin miedo ya que el miedo nos impediría el disfrute de ese don que sólo por una vez nos ha sido concedido. Sus personajes bailan Bop hasta el éxtasis como mi generación bailó música electrónica en festivales o locales under. Arden en deseos de entrar en contacto con otros personajes y llevan hasta el límite la colisión de todos los planetas en aras de una experiencia profunda de la realidad que nos rodea.
Me desperté cuando el sol se ponía rojo; y aquél fue un momento inequívoco de mi vida, el más extraño momento de todos, en el que no sabía ni quién era yo mismo: estaba lejos de casa, obsesionado, cansado por el viaje, en la habitación de un hotel barato que nunca había visto antes, oyendo los siseos del vapor afuera, y el crujir de la vieja madera del hotel, y pisadas en el piso de arriba, y todos los ruidos tristes posibles, y miraba hacia el techo lleno de grietas y auténticamente no supe quién era yo durante unos quince extraños segundos. No estaba asustado; simplemente era otra persona, un extraño, y mi vida entera era una vida fantasmal, la vida de un fantasma. Estaba a medio camino atravesando América, en la línea divisoria entre el Este de mi juventud y el Oeste de mi futuro, y quizá por eso sucedía aquello allí y entonces, aquel extraño atardecer rojo.
Pero no es esta la faceta del viaje de la que quería hablar, tan encadenada a la idea de vida con sus misteriosos atardeceres rojos. Hay otra atracción irresistible en los viajes de confirmar que la vida nos rodea allá a donde vayamos; que los seres que habitamos este planeta no somos tan diferentes como nos pretenden; que las culturas que nos enraízan son diferentes árboles pero todos del mismo género vegetal, nacen del mismo lugar y ansían tocar los mismos cielos. Es por eso que cuando viajas, buscas alcanzar las mismas metas a través de los diferentes caminos que las culturas proponen.
En nuestros viajes apenas pisamos catedrales, monumentos o museos. Las citas obligadas son los mercados, los bares que hay en ellos, las cartas de los restaurants populares más interesantes y una ingente cantidad de tiempo dedicada a seleccionar cuál de ellos degustar cuando la economía no alcanza para todos. Es por ello que no nos importa reducir el resto de comodidades durante el viaje para hacerle un hueco a la gastronomía, a través de cuya ventana podemos entender mejor la cultura de ese lugar. Para qué nos vamos a engañar; disfrutamos más de aquellas artes cuyas técnicas conozcemos que aquellas a las que nunca dedicamos nuestro tiempo. Es un ansia, en cierto modo frustrada, la exaltación de los sentidos que provoca mirar la “Manifestación” de Antonio Berni al lado de degustar una carne a la masa y el resultado de cocinarla durante más de 5 horas.
Recuerdo los 5 días que pasamos en Portugal donde probamos 5 diferentes formas de comer bacalao. O los ravioli di zuca cocinados con tan sólo manteca y salvia que disfrutamos en Bolonia. Los sandwiches de pan casero con chorizo ibérico y queso de la serena que nos comimos sentados en la muralla de un castillo tras dejar extremadura. Y no puedo olvidar mi primer locro cuyos aromas me transportaban a los fésols amb cancela de mi padre. Y es que hay muchas formas de viajar, pero la que nosotros practicamos no queda reflejada, como de costumbre, en ninguna de las fotos.